“Oidores y no hacedores”

Y he aquí que tú eres a ellos como cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien; y oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra.

Ezequiel 33:32

 

Hay personas que aman el escuchar la Palabra de Dios el domingo, y eso es bueno; pero les aterroriza asumir el compromiso que la predicación les demanda. Ellos disfrutan de un buen sermón, y hasta saben diferenciar entre un buen mensaje de otro no tan bueno. Un ejemplo de eso es el pueblo de Israel, ellos se deleitaban en oír al profeta Ezequiel; para ellos el profeta Ezequiel era, como dice la perla de hoy, “como cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien”. Para ellos, el escuchar al profeta era como oír a Pavarotti cantar las notas más altas de las óperas de Verdi, pero el problema surgía a la hora de llevar a la práctica las exigencias del mensaje del profeta de Dios, Ezequiel.

Dios le dice a Ezequiel que aunque el pueblo aceptaría su mensaje, sin embargo, le advierte: “Oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra”. Ellos iban a ser oidores olvidadizos de la Palabra, pero no hacedores. Amado amigo y hermano, atender con entusiasmo al mensaje predicado no es suficiente; Dios demanda una decisión frente a la Palabra escuchada, Él no quiere que vengamos domingo tras domingo a escuchar un simple mensaje, como aquel que va a un supermercado buscando las mejores ofertas para quedarse con ellas, ¡no!, Dios quiere que la Palabra oída penetre bien profundo nuestros corazones, hiriendo nuestras conciencias y que, siendo contristados a causa de nuestros pecados, vengamos a Cristo en busca de gracia para el oportuno socorro.

¿Eres tú de los que al escuchar la Palabra confrontadora de Dios, en vez de caer de rodillas ante Él pidiéndole perdón, por cuanto nos hemos quedado cortos ante sus estándares, salimos por ahí como si el mensaje no era para nosotros, sino para el otro que nos quedaba al lado? Si estás actuando así, entonces tu actitud no es diferente a la del pueblo de Israel, que amaba la predicación de la Palabra, pero para nada era movido a obedecer a Dios poniéndola en práctica.

Amado hermano, Dios no anda buscando consumidores de mensajes que sólo asisten a la iglesia para ver cuántas “eses”  el pastor se comió o puso de más; o para ver en cuáles puntos el mensaje estuvo flojo, eso es una mezquindad. Dios quiere hombres y mujeres humildes que tiemblen ante su Palabra, que digan como aquellas personas ante el mensaje de Pedro el día de Pentecostés, según se nos dice en Hechos 2:37-39, “Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?  Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”. Dios no se complace en meros oidores de mensajes, Dios busca afanosamente personas que al recibir la Palabra, salgan con gozo a obedecerla y ponerla por práctica. 

Es la preocupación de Santiago cuando nos ordena en su epístola a “ser hacedores de la palabra”, y a la vez nos advierte: “no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”. Es “autoengaño”, pasar por espiritual y preocupado por la palabra de Dios cuando en el fondo esa palabra no nos gobierna, cuando solo nos deleitamos en un buen sermón, cuando alabamos una buena predicación, o más aun, cuando habiendo leído la palabra y siendo confrontado de algún pecado contra Dios, nos despreocupamos, y minutos después no hacemos ajustes o tomamos resoluciones que nos vuelvan de nuestros pecados a Dios.

La oración constante del apóstol Pablo por los hermanos de Colosas era que “sean llenos del conocimiento de Su voluntad, en toda sabiduría y discernimiento espiritual; para que andéis como es digno del Señor, con el fin de agradarle en todo, dando fruto en toda buena obra y creciendo en el pleno conocimiento de Dios”.

Amados hermanos, que el pregonero que hace fiel uso de la palabra de Dios no solo sea para nosotros “un cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien”, “uno que nos deleitan sus letras ya que son como analgésico o morfina que calma nuestra desgarrada alma de las heridas de nuestra realidad particular”. No, sino más bien, prestemos atentamente oído a las escrituras para diligentemente ponerlas por obras, porque a Dios procuramos agradar y es únicamente en Su agrado que hayamos profundo bienestar

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